PENSAR LO NUEVO
Y el impacto de investigaciones recientes
Resonancias Magnéticas en golosinas de miel
En esta crónica apócrifa, el poeta Mario Verdugo ensambla memoria local, especulación científica y sensibilidad entomológica para homenajear a Ciro Fernández, un ingeniero, matemático e investigador autodidacta en Física Nuclear, famoso por sacar al mercado la icónica golosina ochentera superalimenticia “Abejito”, pero cuyas extrañas teorías apenas sobreviven, como insectos ante una lámpara mortífera.
A través de distintas miradas en torno al olvidado científico y sus notables investigaciones sobre geomagnetismo, miel y radiación, Verdugo reflexiona sobre lo nuevo, lo repulsivo, lo asimétrico. Revisita buses gastados, campos maulinos (y campos magnéticos anticancerígenos) donde, junto a laboratorios ultramodernos, el Cheuto –una criatura a medio camino entre el insecto y el humano– puede alterar no sólo las rutinas rurales, sino también las categorías mismas de la ciencia, el tiempo y la percepción.
Por: Mario Verdugo
El señor Ciro Fernández nunca avanzaba mucho más allá de la pisadera. Permanecía de pie en el pasillo, abrazándose al primer fierro vertical de la micro GMC que conducía don Juan Alcántara. Vestía Fernández de un modo intempestivo: terno y corbata oscuros en un entorno estético que los estudios indumentarios denigrarían —décadas más tarde— con el rótulo de “look cerril”. Mayor desajuste respecto de ese ambiente floreado o cuadrillé era el que propiciaba su formación como ingeniero con mención en Altas Matemáticas, formación que por allí, al interior de su residencia maulina, se fue ocupando de expandir con audacia autodidacta. Libre de la desidia cognoscitiva que se ha atribuido a las sociedades agrarias, el quid de sus investigaciones (y, cabría agregar, de sus empresas) apuntaría en cambio al vínculo entre geomagnetismo y miel de abejas, en mixtura inopinada, claro está, con factores de leche de vaca, sangre de sapiens y rayos gamma y ultravioleta.
Un antiguo e imperdonable cerco retórico ha permitido que no pocos insectos continúen provocando repulsión, desdén, pánico. Cuando faltan motivos de toxicidad comprobados, las reacciones adversas se suelen legitimar por un tipo de complexión radicalmente no antropomórfica, manifestada en exoesqueletos, espiráculos, pupas, pedicelos y hemolinfas. En cuanto al Cheuto, sin embargo, la repugnancia surgía tan solo de una clase de novedad marcada en simultáneo por la autoctonía y el absoluto. Era el hecho de ser coterráneo y, a la vez, del todo nuevo (nuevo a las claras, nuevo a todas luces), lo que lo tornaba repugnante.
Por el espejo retrovisor de don Juan Alcántara daba la impresión de que la figura del señor Fernández irradiara esporas o vilanos o cenizas rubias, aunque no resultaba muy difícil darse cuenta de que dicha materia ingrávida y fulgente provenía de una malla que cierto pasajero había colmado momentos atrás (con afrechillo, es de suponer) en el stand número 27 del Centro Regional de Abastecimiento. Desde el asiento donde se apoltronaba en tanto la profesora Muñoz Abaca, a menudo el último a la derecha cuando la micro de Alcántara regresaba lenta y sinuosamente de la ciudad, los gestos de Fernández se percibían como uno de los tropos rurales que a la sazón se hallaban más en boga: agitación de hojas de álamo —varios, bastantes álamos, a punto de constituir lo que el paisajismo reaccionario denominaba “alameda”— en los atardeceres leves pero ya casi abrasadores de aquel noviembre.
Rasgo primordial de la especie nueva era su asimetría, pero en ningún caso esa asimetría fija, pronosticable y catalogable que todo el mundo conoce, sino una asimetría que se concretaba en cualquier instante de la experiencia del Cheuto y en cualquier nodo de su cuerpo o de su conducta. Esta identidad asimétrica jamás se restringía a una sola marca específica, al contrario de lo que sugiriese, por ejemplo, la desproporción de una nariz paterna legada con calco a su descendencia. Tanto como una nariz asimétrica o, digamos, tanto como un par asimétrico de antenas, el mismo rasgo podía adoptar la forma contingente de un zumbido o de una secreción o de una avidez igual de asimétricas. La asimetría del Cheuto se presentaba de todos modos como un aspecto suyo evidente y hasta escandaloso en su notoriedad, aun cuando no guardase relación alguna con su repugnancia.
A lo largo de la década, el genio del señor Fernández quedó unido a la creación de un producto en particular. De nombre “Abejito”, esta barra superalimenticia se promocionaba en televisión con un spot que en vez de incorporar microbuses fatigados, ropa renegrida y escenas del secano, se estructuraba a partir de bicicletas onerosas, actores color miel y cuestas bien pavimentadas en las cercanías de Farellones.
Hasta que apareció el Cheuto, nadie en la zona había vivenciado tales niveles de repulsión. Tampoco durante la época en que circularon de manera esporádica algunas obras de land art y arte povera.
Osmosis, tal parecía ser la clave investigativa del señor Fernández a la primera ojeada: el flujo apícola-bovino descerizado y desgrasado penetrando el organismo humano a nivel neurocelular, de manera que las radiaciones extremas fueran neutralizadas antes de devenir linfoma, fobia, anemia o várice. Una segunda lectura ponía el acento en el rol de la invertasa, la inulasa, la catalasa y, sobre todo, la magnetita recurrente en el cerebro de las abejas. Un punto de vista contemporizador vería en el triptófano una suerte de meollo conjetural, y en el hexágono (compartido por las colmenas y la morfología atómica) un símbolo explotable en el plano del mercadeo intradiegético y la ficción corporativa. Sólo miradas mezquinas o miopes pudieron confundir los procedimientos de Fernández, que pasaron a ser conocidos como “Resonancia Magnética Nuclear” (RMN), con el triste y retumbante examen imagenológico que por entonces comenzaba a popularizarse bajo el mismo nombre.
El tomate variedad Carmello vino de la campiña francesa. La locomotora del buscarril a la costa vino de una maestranza de Essen. Los eucaliptus papeleros y balsámicos vinieron de Australia y Tasmania. Todos estos elementos llegaron a ser tenidos como oriundos, ya sin el recuerdo de su forastería. Pero el Cheuto no vino de otra tierra: fue siempre nuevo y siempre de ahí.
La profesora Muñoz Abaca decía estar educando por lo menos a una docena de estudiantes inteligentísimos, tanto o más inteligentes que el señor Ciro Fernández o que Jean-Paul Declercq, el belga que en 1984 había introducido la cunicultura en la zona y que, no conforme con eso, había logrado reducir los índices de canibalismo entre los padres angora a un insólito cero. En honor a su emplazamiento extraurbano, las facilities de Declercq y Fernández fueron señaladas además como un antecedente oblicuo pero verificable de trabajos de avanzada novoseculares, entre ellos el del doctor Nick Forest en las afueras de Santa Cruz, California, y el del experto en ginoides Nathan Bateman bajo las infames montañas de Alaska.
A decir del doctor Freddy Marabolí Olivares, exalumno de la profesora Muñoz, la catalogación del Cheuto implicaba dos desafíos cruciales para el futuro de la entomología: 1) Suponiendo que lo nuevo aspiraba sin excepciones a un máximo de visibilidad y que así tendía a ratificarse en la escritura manifestaria y en otros ejemplos, ¿cómo era posible que lo nuevo y en particular el Cheuto hubieran optado a final de cuentas por esconderse?; y 2) ¿de qué modo conciliar la radical novedad del Cheuto con la acusación de inercia que pronto haría blanco de sus hábitos y de sus hábitats? En el planteamiento de Marabolí Olivares, hacer “lo mismo” equivalía paradojalmente a proseguir ad eternum en “la misma vez”, absteniéndose de llegar a “las dos veces” y, por ende, “aboliendo el tiempo”. El Cheuto, escondido o no, aún hacía “lo mismo” y en virtud de ese método adaptativo, o de esa siempre inaugural majadería, se había vuelto inmune a la repetición.
Aun conociendo a sus estudiantes y al señor Fernández y a Jean-Paul Declercq, la profesora Muñoz Abaca encontraba adecuado y justo que se calificara al doctor John von Neumann como “el hombre más inteligente del siglo veinte”, máxime por el desapego que este mostrase al no suprimir la cacofonía dentro de sus futuras descripciones.
En las postrimerías de los años noventa, Freddy Marabolí Olivares quiso saber a ciencia cierta si la Resonancia Magnética Nuclear era en definitiva un ungüento que se comercializaba en pote, un jarabe, una suerte de crema comestible o un paté de azúcares levógiros, de acuerdo con lo que se intuía en la publicidad respectiva. El doctor también mostraba signos de interés por la biblioteca descerizada que dejase el señor Fernández y por los testimonios de su intervención en las llamadas “querellas del regadío”. Cuando los encargados de la planta de RMN le advirtieron por teléfono que el lugar podía no ser apto para sujetos cinófobos como él, puesto que allí lo esperaban —día y noche— seis mastines encargados de custodiar las instalaciones, Marabolí Olivares respondió que tratándose de abejas y de átomos su problema nunca serían per se los mastines, sino que estos fuesen no siete ni ocho sino seis.
Ciro Fernández, el ingeniero civil con mención en Altas Matemáticas, se abrazaba con todas sus fuerzas al primer fierro vertical del microbús de don Juan Alcántara. Entre ese fierro y el parapeto de la profesora Muñoz Abaca, los antiguos usos descriptivos hallarían sin ambages una frágil malla con afrecho, una nube de cheutos y, a ambos lados del pasillo, manotazos, arcadas y alaridos asimétricos. Sólo desde la cabina de don Juan Alcántara podría haberse contado con una retrovisión completa del fenómeno, pero entre el parabrisas y el fin del trayecto nada importaba más que la siguiente maniobra para sortear los baches angustiantes y las curvas chorreadas de tomate o de hemolinfa, los angoras que brincaban desde la zarza y las LUV impolutas que porfiaban por adelantarse con rumbo a Ducamán, a San Miguel de Colín o al fundo La Miseria.
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